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“El reencuentro” de Kris L.Jordan

“El reencuentro” de Kris L.Jordan

“El reencuentro”, de Kris L.Jordan, otro relato de amor y pasión que nuestra autora de novela romántica publica en PlazaTorrejón,

El despertador no deja de sonar con su desagradable melodía. De un fuerte golpe lo apago y por un momento me dan unas inmensas ganas de lanzarlo con fuerza hasta que se rompa en pequeños trozos, tan diminutos que no exista forma humana de volverlos a juntar.

Me tiro de la cama, siempre lo hago así, es la única manera de levantarme. Me miro al espejo y me estremezco. Mi cara es un poema; ojos hinchados por la falta de sueño, pelo revuelto como si hubiese estado metida en una centrifugadora y una mirada de odio que asustaría al mismísimo demonio.

Un café doble y muy cargado de cafeína para poder mantenerme durante el largo día que me espera, con una tostada de pan integral, mantequilla y mermelada light, sacarina…, por eso de mantener la línea.

Me pongo mi uniforme. No tengo ganas de llegar al trabajo y tener que cambiarme de ropa. Es muy sencillo y discreto; unos pantalones negros y una blusa blanca de cuello redondo. Escojo unos zapatos negros de medio tacón, que son muy cómodos.

Me miro en el espejo. «¡Uf, que trabajito de restauración!»

Durante un buen rato intento tapar las ojeras y la verdad que el resultado es bueno. Un poco de colorete, brillo en los labios y máscara de pestañas.

Me recojo el pelo como cada día, un moño bajo y muy bien sujeto con un montón de horquillas, para que no se salga ni un solo pelo de su sitio.

Antes de salir de casa, me miro en el espejo y me siento muy satisfecha, se me ve bastante bien.

Me sonrío a mi misma para darme ánimos y me lanzo a la calle dispuesta a pasar otro día entre cosméticos, clientas exigentes y pesadas, y compañeras, que, por ser la encargada, me miran con odio y enemistad.

Desde hace ya diez años trabajo en un gran centro comercial, situado en la Puerta del Sol de Madrid. Mi especialidad, perfumería, tanto cosméticos como fragancias.  Hace tan solo cinco meses me ascendieron a encargada y desde entonces mi vida se complicó. Más horas de trabajo y mucha responsabilidad, pero el sueldo merece la pena, y la verdad, es que ando un poco escasa de dinero.

Esa mañana el metro estaba casi vacío. Es sábado y a esas horas casi todo el mundo duerme feliz en su mullida cama. Los pocos pasajeros que viajábamos en el vagón nos mirábamos con cara de pena, unidos por la inmensa necesidad de dormir y las pocas ganas de trabajar.

Vivo cerca de mi trabajo, a tan solo cinco paradas de metro, así que en poco tiempo llego a mi destino. Cuando una voz de mujer anuncia mi parada por megafonía, me levanto y en cuanto las puertas se abren salgo rápidamente. No porque llegue  tarde, si no porque en el metro todo el mundo corre y yo no voy a ser menos.

—Buenos días Ana —me saluda Pedro. Es el encargado del departamento de deportes. Un tipo extraño con un bigote enorme y muchas ganas de fastidiar al prójimo—. Tienes mala cara. ¿Saliste de fiesta anoche?

«Ya sabía yo que me saldría con uno de sus cumplidos»

—Buenos días Pedro, tú tampoco te ves muy bien hoy—. «Ja, que te den»

Le sonrío, porque soy muy educada, pero entro corriendo para no cruzar ni una sola palabra más con él.

Dejo mi abrigo y mi bolso en las taquillas del vestuario y me voy derecha a ocupar mi puesto de trabajo.

Perfumería está en la planta baja, así que según entras en el centro comercial, es lo primero que te encuentras

"El reencuentro" de Kris L.Jordan para PLAZATORREJÓN

Un día como hoy víspera de San Valentín, seguramente tendremos mucha afluencia de público. Y así es. En cuanto se abren las puertas, un torrente de personas sedientas de gastar dinero entra a tropel como si el mundo se acabara y necesitasen abastecerse.

Después de ayudar a una anciana a probarse uno de los perfumes más caros, que seguramente no comprará, y de convencer a otra de que el lápiz de labios que tiene en la mano no se puede descambiar, entro un momento en mi despacho y cierro la puerta con tal ímpetu que rebota y se vuelve a abrir estrepitosamente. Y así es como de nuevo le vi.

Allí, frente a los perfumes de Armani, está Jaime. Me quedo paralizada. Está muy guapo; con su pelo corto y rubio, sus preciosos ojos verdes y esa sonrisa.

Hace ya veinte años que no le veo. Pero jamás le he olvidado. Nunca. Fue el chico del que he estado perdidamente enamorada toda la vida, casi desde niña.

Doy gracias a dios porque él no me está mirando, seguramente parezco una tonta: con la boca abierta, de pie con todo el cuerpo en tensión y los ojos abiertos como los de un búho.

Me recompongo, atuso mi cabello, con paso firme y seguro me acerco a él.

Con mucha suavidad le toco el hombro.

—Hola… —le digo con voz temblorosa.

Él se da la vuelta y entonces me pierdo en la profundidad de sus ojos verdes. La boca se me seca, un sudor frío cae por mi nuca y resbala por mi espalda produciéndome escalofríos.

—¡Hola Ana! —Su voz es profunda y sensual, no la recordaba así. Tiene un acento extraño por los años que ha vivido en EEUU —. Qué alegría verte…

Entonces tenemos un momento de tensión muy incómodo: ¿cómo nos saludábamos? ¿Dándonos la mano? No eso sería demasiado formal. ¿Un fuerte abrazo? Demasiado familiar… Él lo resuelve rápidamente, se acerca y con mucha suavidad, sin tocar ni un solo ápice de mi anatomía, deposita dos castos besos en mis mejillas, que están coloradas y calientes, pues toda la sangre de mi cuerpo se ha depositado allí.

Entonces comienzo a recordar, imágenes de nuestra infancia y adolescencia me llegan como trozos de películas antiguas, de esas que cuando vuelves a ver, te dejan un sabor de boca tan dulce que no puedes parar de sonreír.

Jaime y yo nos conocíamos desde la guardería, éramos vecinos y nuestras madres entablaron una muy buena amistad. Fuimos juntos al colegio y al instituto. Éramos inseparables, amigos incondicionales de los buenos. De esos que están tanto para lo malo como para lo bueno. Esos que te abrazan cuando estas triste y que se tiran al suelo contigo cuando la risa es tan fuerte que necesitas retorcerte y rodar, mientras te sujetas la tripa. Amigos en mayúsculas, subrayado y con letras de oro.

No sé en que preciso momento pasé de la amistad al amor, pero lo que sí sé es que llevo enamorada de él desde que era una cría con coletas y aparato corrector.

—¿Qué tal están tus padres? —me pregunta.

—Oh… —por un instante la voz me falla y un gallo se escapa de mi boca, toso con fuerza para restablecerla—, están de viaje. Querían de regalo de su cumpleaños un crucero y entre mis hermanos y yo se lo hemos comprado—. Toda una pasta, los ahorros a la porra, pero lo merecen por estar siempre ahí cuando los necesitas.

Entonces vienen a mis recuerdos el último día que él y yo estuvimos juntos. Éramos dos adolescentes, yo tenía 15 y él 17. Sus padres se mudaban y se lo llevaban lejos de mí, tan lejos que pensé que nunca volvería a verle.

Me sentía tan infeliz y tan triste… Él intentó… y él intentó hacerme reír, intentó hacerme olvidar que esa noche era la última que paseábamos por las calles de nuestro barrio cogidos de la mano. Habíamos pasado la tarde en el cine, caminamos hasta el parque. Él se sentó frente a mí, charlamos de muchas cosas, cosas insignificantes que desviaban nuestra atención del dolor tan insoportable que nos causaba la separación.

Cuando llegó el momento de irme a casa, me acompañó hasta mi portal y allí en la penumbra, me besó. Fue mi primer beso, el más maravilloso, intenso y especial de toda mi vida. Jamás, aunque he probado otros labios, he sentido lo que Jaime con su beso me hizo sentir.

El reencuentro de Kris L.Jordan para PLAZATORREJÓN 5

Era un beso de despedida, de pérdida. Dos amigos se separaban y quizá no se volvieran a ver jamás. Tenía un nudo en la garganta, y cuando separó sus labios de los míos  salí corriendo, dejándole plantado sin un adiós.

—Y los tuyos, ¿cómo están? —le pregunto.

—Muy bien. Continúan en Manhattan. Siempre te recuerdan—. Baja su mirada con tristeza.

—Yo también me acuerdo mucho de ellos—. Por un largo tiempo les odié por alejar a la persona que más quería de mi lado.

—Estas muy guapa…

Otra vez me pongo colorada como un tomate y me dan unas ganas terribles de decirle: «tú sí que estás guapo», pero me las guardo.

—Gracias.

—Tengo que irme, pero me gustaría verte… ¿A qué hora terminas?

—A las nueve más o menos.

—¿Quieres que tomemos algo juntos?… No sé…, podríamos recordar viejos tiempos. ¿Te apetece?

—Me encantaría.

Nos despedimos formalmente, pues de nuevo los dos nos sentimos un poco incómodos.

Le veo marcharse, sin poder apartar la mirada de su espalda. Camina despacio dando grandes zancadas.

Sonrío al recordar al muchacho delgado y pecoso, que ahora se ha convertido en un hombre muy sexi, enorme y guapísimo.

Cuando llega a las puertas de salida se da la vuelta. Con una sonrisa preciosa se despide mientras mueve la mano y con sus sensuales labios vocalizaba un «hasta luego». Me quedo pasmada y con mis ojos clavados en esa puerta.

—Señorita…, señorita por favor… —. Una clienta se desespera intentando que yo regrese al planeta tierra. Me da un pequeño golpe en el hombro y por fin me saca de mi ensimismamiento.

El tiempo pasa lento cuando estás deseando que pase rápido, esto es una verdad universal que todo el mundo ha vivido en sus propias carnes y yo lo estoy sufriendo.

Miro el reloj y éste no parece tener ganas de andar. «¡Maldito aparato del infierno!»

A eso de las ocho ya no me quedan uñas y en cuanto cerramos me comporto como una jefa loca. Azuzo a todas las dependientas a que cierren las cajas lo más rápido posible y lo consigo en un tiempo record.

Corro al vestuario y me retoco el maquillaje. Ahora me arrepiento de no haberme puesto otra ropa, ¡esto me pasa por perezosa! Cojo mi abrigo, mi bolso y salgo como alma que lleva el diablo.

Abro la puerta y allí está él. Apoyado en el capó de un coche, con las manos en los bolsillos y una enorme sonrisa. Suspiro, le saludo con una inclinación de cabeza y comenzamos a caminar.

Entramos en una cafetería y pedimos dos cervezas. Comenzamos  a hablar, todo se vuelve fácil y cómodo entre nosotros. Recordando viejos tiempos, nos damos cuenta de que no habíamos perdido nada de confianza y nuestra relación es como si tan solo hubiésemos dejado de vernos unas horas y no veinte años.

—Me casé —dice y a mí se me seca la boca—, pero hace un año me divorcié—. Un fuerte suspiro de alivio sale de mis labios y yo intento disimularlo tosiendo. —¿Qué hay de ti?

—Soltera, nunca me he casado. Estuve  viviendo con un chico por un tiempo, pero no resultó—. Y tanto, tan solo duramos cinco meses.

Sonríe y eso me sube la moral y pienso que quizás él también esté sintiendo que el lazo que nos unió hace años, de nuevo se ha vuelto a apretar fuerte.

Por unos segundos nos quedamos en silencio, me mira muy serio y entonces me pregunta:

—¿Por qué te marchaste corriendo aquel día?

—Tenía tantas ganas de llorar, no quería que me vieses así.

La verdadera respuesta a esa pregunta se quedó en mi mente: «yo te amaba, intensamente, lo máximo que puede amar una chica de quince años y tú te ibas lejos»

—Durante todo este tiempo he pensado que no te gustó nada mi beso, que lo hice tan mal que no querías ni verme. Me costó mucho volver a besar a otra mujer.

—Oh, cuánto lo siento. Yo… —Sin pensarlo le tomo la mano—. Tu beso fue maravilloso, jamás he sentido nada ni remotamente parecido a lo que sentí con él.

Nos miramos a los ojos y sin hablar nos decimos muchas cosas.

—Me gustabas desde hacía mucho… —rompe el silencio.

—Y tú a mí —suena tan natural que me siento liberada al decirlo en voz alta.

El reencuentro de Kris L.Jordan para PLAZATORREJÓN 1

Él mira nuestras manos, le da la vuelta a la mía y con mucha delicadeza acaricia mi palma con un dedo. Un torrente de sensaciones me golpea con fuerza. Es una caricia simple, sin pretensiones, pero que hace que los dedos de mis pies se doblen dentro de mis zapatos y que el vello se me ponga de punta.

—Si te beso, ¿saldrás corriendo? —acerca su boca a la mía. Está tan cerca que puedo sentir su aliento sobre mis labios y me hace cosquillas con su flequillo en mi frente.

—No —digo en voz muy baja. Deseo probar de nuevo su boca, sentir sus labios sobre los míos y que luego pase lo que tenga que pasar. Esta vez no pienso huir, esta vez me quedaré, esta vez él no se marchará.

Durante unos segundos permanecemos así, con los labios deseando esa unión, pero sin llegar a tocarse.

—Es muy tarde, será mejor irse —dice, yo asiento.

Salimos a la calle, hace mucho frío, el vaho sale de nuestras bocas al respirar y yo me abrazo con fuerza.

—Tengo el coche allí —dice señalando la acera de enfrente—, si quieres te llevo a tu casa.

—No quiero molestarte.

—Oh vamos Ana, no me hables como si fuese un extraño, no rompas la unión que existe entre nosotros.

Me toma de la mano y juntos cruzamos la calle.

Le voy indicando el camino a mi casa y cuando llegamos me lanzo como un kamikaze. Estoy harta de esperar, harta de que otros tomen la iniciativa por mí, harta de ver pasar la vida y no entrar en el juego. Así que le digo:

—¿Te gustaría subir?

No dice nada, pero con su sonrisa lo dice todo.

Estamos como media hora buscando sitio para dejar el coche. «¡Maldito Madrid!», y cuando al fin lo conseguimos me dan ganas de reír a pleno pulmón.

Me agarra de la cintura y me acerca su cuerpo, así caminamos muy juntos sintiendo el calor que emana y que es tan reconfortante. Me inclino levemente y apoyo la cabeza sobre su hombro.

Subimos en el ascensor en total silencio, con su mano sobre mi cintura y su mirada clavada en mi boca.

—¿Te apetece tomar algo? — le pregunto cuando entramos en mi casa.

—Un café estaría bien.

Lo preparo y nos sentamos juntos en el sofá.

Charlamos durante horas, reímos tanto que incluso los ojos nos lloran. Tomamos dos cafés y nos sentimos tan cómodos el uno con el otro que ninguno desea separarse.

Sé que estamos hechos el uno para el otro, sé que somos almas gemelas y que él es para mí, como mucha gente lo llama: mi media naranja. Lo sé, y esta vez me aseguraré de no perderle, de no separarme de él.

Miro el reloj y me doy cuenta de que el día de San Valentín ha comenzado. Y entonces me hace el regalo más bonito que se puede dar en esas fechas: un beso. Uno de amor, de pasión, de promesas, reencuentros, uno que sabe a “nunca te dejaré” y  “siempre estaré a tú lado”

Esa noche por fin pruebo su cuerpo y él devora el mío. Para mí es como si fuese mi primera vez, porque las otras no cuentan, no las recuerdo. Las he borrado de mi cabeza. Él es el primero, es el principio, el comienzo de mi nueva vida.

—Te amo, siempre te he amado —me susurra mientras me abraza.

Y a partir de entonces recuperamos el tiempo perdido, los veinte largos años de nuestras vidas desperdiciados.

—Te amo —le digo y me duermo entre sus brazos.

Por fin estoy en casa, por fin estoy en el lugar que me corresponde. Ya nada ni nadie nos separará.

El reencuentro de Kris L.Jordan para PLAZATORREJÓN 3

He pensado mucho en tí todos estos años. Te escribí cartas durante mucho tiempo, aunque tú solo contestaste a las primeras.

—Lo sé. Mi madre las guardó.

—¿Por qué?

—Porque durante mucho tiempo estuve muy mal. Apenas comía, no salía y no paraba de llorar. Cuando empezaba a reponerme, llegó tu primera carta y recaí de nuevo, me sumí en una gran tristeza. Mi madre estaba muy preocupada, pensó que se me pasaría y me animó a responder tu carta y así lo hice. Pero al llegar la siguiente de nuevo caí en una depresión y ella decidió no darme ninguna más.

—Lo siento, no lo sabía.

—Hace poco me las dio todas y me pidió perdón, pero yo sé que lo hizo por mí, porque me quiere y no podía verme sufrir más. Las leí todas y estuve tentada de buscarte, de escribirte.

—Ojalá lo hubieras hecho.

—Sí, ojalá.

Devoré sus cartas, las leí una y otra vez. Ahora bajo la perspectiva de una mujer adulta y no de una adolescente, me doy cuenta de todo lo que él también había sentido por mí en aquella época. Sentí una gran pena porque durante todos estos años me había visto privada de su compañía, sus caricias, sus silencios y sus conversaciones.

—¿Llevas mucho tiempo en España? —le pregunto.

—No, solo un par de meses.

—¿Cuando te vas? —Temo formular esa pregunta, pero necesito saberlo.

—Me instalo definitivamente aquí.

Sé que mi expresión facial lo dice todo. Mi sonrisa, el brillo de mis ojos, sabe que me siento muy feliz.

—Quiero recuperar todo lo que dejé hace veinte años —me dice—, todo lo que perdí y que aún estoy a tiempo de disfrutar.

—¿Todo?

—Sí, todo y lo primero que quiero volver a tener es a ti.

Mi corazón se detiene.

—¿A mí?

—Sí, nunca he logrado sacarte de mi cabeza, Desde que he puesto los pies en España, he deseado encontrarte. Pregunté a tu madre y ella me dijo donde trabajabas. Siempre he querido regresar, pero todo se me complicaba. Durante cinco años estuve casado y después mi madre cayó enferma. Nunca te he olvidado Ana, nunca.

Un nudo se instala en mi garganta y sin poderlo evitar lloro. No tengo palabras para expresar lo que siento y me limito a continuar con nuestras manos fuertemente entrelazadas, nuestras miradas unidas y nuestros corazones latiendo casi al unísono.

 


Todas las fotografías de este artículo… Photo credit: Foter.com / CC0

 

Sobre el autor

Kris L.Jordan

Kris L.Jordan es el seudónimo con el que esta autora de romántica firma sus libros. Torrejonera de adopción es una apasionada de la lectura romántica de cualquier género. .. Acapara libros y libros en las estanterías de su casa y no es capaz de irse a la cama sin leer... Un buen día se sentó ante el teclado del ordenador, las ideas comenzaron a surgir y así nacieron sus primeras historias que autopublica. Actualmente tiene seis novelas, algunas con editorial y ha participado en varios libros de antologías. Pero su aventura no termina aquí, porque la escritura se ha convertido en una parte muy importante de su vida.

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