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La palabra que empieza por “A”… Otro relato de Kris L. Jordan

La palabra que empieza por “A”… Otro relato de Kris L. Jordan

La palabra que empieza por “A”

 

Apagué el despertador de un manotazo, la cabeza me dolía horrores y tenía la boca como si me hubiese tragado un estropajo de esos de aluminio. «Maldita la hora que le hice caso a Eduardo».

—Anímate tío, será solo una hora. Tomamos una copita y para casa —me dijo.

Pero una hora se transformó en cuatro y una copa en…, ya ni me acuerdo, perdí la cuenta cuando llegó la rubia de piernas largas y pechos enormes. ¿Por cierto, que pasó con la rubia? Al volverme en la cama lo averigüé, ahí estaba, desnudita como Dios la trajo al mundo. Me quedé atontado mirando como esos enormes globos subían y bajaban conforme respiraba. Madre mía, que maravilla.

Me costó regresar a la realidad y levantarme, pero era necesario. La rubia se tenía que marchar, si se quedaba después de pasar la noche corría peligro, podía pensar que lo nuestro tenía futuro, que podíamos quedar algún otro día, pasear cogidos de la mano, hacernos arrumacos a la luz de las velas… solo pensarlo se me ponía la carne de gallina. Desde hacía tiempo lo tenía muy claro, nada de novias, pareja, compromiso. Lo mejor era despertarla, con sutileza despedirme de ella y mandarla a su casa, eso sí claro, con un buen sabor de boca.

Dejé caer mi cabeza sobre la almohada al recordar lo que esa mañana me esperaba, una jornada completa con la fotógrafa más odiosa, engreída y petarda.

—Es la mejor y sus campañas son las que más éxito tienen —me repetía Eduardo, mi mejor amigo y mánager, una y otra vez.

—Pero es horrible trabajar con ella.

—Lo sé.

—Si lo sabes, ¿por qué siempre terminas firmando con ella? Claro como tú no tienes que aguantarla…

—El que paga manda y esta campaña es muy importante —y así se terminaba la discusión. El cliente es quién pone las condiciones y yo simplemente soy el modelo, ni pincho ni corto. Me limito a colocarme delante de la cámara, posar, moverme y obedecer las órdenes de una maniaca obsesiva, como es Rania Peña.

Lo único que me consolaba era pensar que ésta iba a ser mi oportunidad de oro. Arthel, una nueva marca de perfumes francesa que hacía tan solo un año había irrumpido en el mercado internacional como un vendaval, había confiado en mí para su nueva campaña.  En navidades lanzaba su nuevo producto Désir, y yo sería la imagen masculina de su perfume. Era la oportunidad que estaba esperando. Llevo tres años trabajando como modelo y en España he conseguido un prestigio, pero con Désir me lanzaría al mercado internacional y eso suponía hacerme con más trabajos.

Aunque todavía faltaban cinco meses para la navidad, habíamos comenzado a prepararlo todo. Lo primero eran las fotos y más tarde viajaría a alguna isla paradisíaca para grabar el spot.

A duras penas consigo levantarme y la rubia abre los ojos y me mira.

—Hola guapo —me sonríe mientras me acaricia el pecho.

—Hola… —dudo, ¿cómo se llama?, joder no me acuerdo —preciosa. Tengo que irme a trabajar.

«Así que levántate y vístete»

Pero ella tiene otra idea y se sienta a horcajadas sobre mí.

«No, no, no, no puedo. Llegaré tarde»

Me levanto con ella adosada a mi cuerpo y la dejo con delicadeza sobre el suelo.

—Lo siento mucho…. —no me viene a la cabeza su nombre —preciosa, tengo prisa.

Ella hace pucheritos e intenta volver a mis brazos.

—No pasa nada si llegas un poco más tarde.

Después de casi media hora de tira y afloja consigo que se marche. Me da su teléfono y me dice que la llame. Lo anoto, aunque sé que nunca lo marcaré, una noche increíble, vamos eso creo, porque la verdad no recuerdo muy bien.

Ducha, café y a la calle. Estamos en Julio, son solo las diez de la mañana y ya hace un calor agobiante. Menos mal que mi sueldo me permite tener un buen coche de esos de gama alta con todas las comodidades y un climatizador potente.

El tráfico, que normalmente es denso a estas horas de la mañana con esto de que la mitad de los españoles están de vacaciones, es sorprendentemente fluido, así que en tan solo media hora llego a mi destino.

El despacho de Rania está en la última planta de uno de los edificios más altos de Madrid. Lujoso, amplio y muy iluminado, el estudio es un gran espacio diáfano donde la fotógrafa tiene sus cámaras, trípodes, focos y demás atrezo.

Llamo a la puerta y me recibe muy sonriente Rosa. Algo se remueve dentro de mí, la he recordado tantas y tantas veces.

—Hola pimpollo —me dice y se lanza a mi cuello. Me arrea dos sonoros besos y me abraza con fuerza.

Hace mucho que no la veo, pero siempre nos hemos llevado muy bien. Es la chica más dulce y cariñosa que conozco. Divertida y una conversadora de lo más amena. También es la pobre esclava que Rania explota con todo tipo de trabajos y con un sueldo que dan ganas de llorar.

Con tan solo veinte añitos dejó su pequeña aldea de Asturias y vino a Madrid para conseguir su sueño: ser una de las mejores fotógrafas. Trabajar para la arpía le está dando una experiencia y prestigio que seguramente le lleve con el tiempo a lo más alto.

La separo de mi cuerpo para admirar lo guapa que está. Es muy pequeñita y delgada, pero su mirada azul es tan profunda y avispada que conquista con solo una mirada.

—¡Estas preciosa! —Beso sus mejillas y ella sonríe.

—¿Cuánto hace que no nos veíamos?

—Desde agosto, ¿recuerdas?, fuimos a la terraza de tu amigo hippie…, ¿cómo se llama…?

—Juan, se llama Juan —suelta una melodiosa carcajada y posa su mano sobre mi mejilla con cariño. No lo puedo evitar, se me pone la carne de gallina. Esa caricia me encanta y deseo más. Me aprieto contra su mano y nos miramos con intensidad, una rara y extraña conexión se apodera de nosotros. Rosa y yo siempre nos hemos llevado muy bien, pero esta sensación es extraña, nueva y especial.

—Hola Arturo. —La bruja rompe la magia y yo respiro tranquilo, por una vez ha servido para algo.

«¿Qué narices me pasa?» Me retiro con disimulo, no me gusta lo que estoy sintiendo e intento evitarlo.

—Hola Rania. —Me da uno de esos besos que se dan al aire, se agarra de mi brazo y juntos, seguidos por Rosa, entramos en el estudio.

Todo está preparado; los focos, el fondo, las cámaras.

—Te voy a presentar a Marieta, es la modelo que el cliente ha elegido. Ella será tu pareja.

Entonces reparo en una morenaza con unas piernas largas y perfectas que al entrar nosotros se levanta del sofá.

—Marieta Antunez —le dice Rania—, te presento a Arturo Sanz.

Nos damos dos besos y nos miramos con interés, estrictamente profesional, jamás he tenido, ni tendré un lío con una compañera, eso solo trae problemas y más problemas.

—Bueno queridos, ya os conocéis, así que comencemos a trabajar.

Como era de suponer y ya que el nombre del perfume es Désir tenemos que estar casi desnudos. Los dos nos quitamos la ropa y antes de situarnos delante de la cámara la maquilladora retoca a Marieta y Rosa se acerca a mí con un bote de crema.

—Tengo que darte un poquito de esto. —Mueve el bote, se unta las manos y comienza a darme el aceite por el pecho.

Un acto que nunca me ha supuesto ningún tipo de reparo, pues en muchas ocasiones se utilizan aceites y maquillajes para el torso, en esta ocasión es toda una tortura para mí. Sus manos pequeñas y blancas se deslizan por mi torso y aunque sé que ella no pretende que sea una caricia, yo lo siento como tal y no puedo evitar disfrutar como un idiota.

—¡Yo lo haré! —Le quito el bote crema y me separó de sus manos, si continúo así se dará cuenta de mi excitación. Ella me mira con cara de sorpresa, no entiende lo que me está pasando.

—¿Ocurre algo? —pregunta.

—Oh… no, no… solo…, yo me daré la crema.

—Como tú quieras. —Percibo que no le ha sentado muy bien. Cierro los ojos y me insulto.

Malena y yo nos colocamos como Rania nos dice.

—Arturo siéntate en el sofá con Malena sentada a horcajadas sobre ti. — Obedecemos—. Tómale la cara entre tus manos como si la fueras a besar y tú Malena pon tus manos sobre sus hombros y… ¡Oh, Dios mío!, pero, ¿qué narices es eso? —grita histérica. Malena y yo nos miramos, ¿qué le pasa? — ¿Se puede saber, por qué tus uñas son negras?

La modelo se mira las uñas y se encoje de hombros.

—¡Estoy trabajando con una panda de ineptos! —Ese es el momento en el que Rania comienza con los insultos y el histerismo. Lanzo un suspiro de resignación, sé lo que viene ahora. Más insultos, chillidos, tacos, gritos…

Rania grita a la maquilladora de tal forma que me dan ganas de pararle los pies, pero Rosa me sujeta.

—Si te metes será peor —me dice.

Maldita bruja, espero que algún día le den su merecido.

—Aparta de mi vista esas uñas. ¡Quiero que sean rojas! ¡¿Es tan complicado?! ¡Rojas y no negras!

La modelo ni se inmuta, ya conocemos a Rania y sus ataques de ira. Se levanta y se acerca a la pobre maquilladora para que cambie el color de sus uñas.

—¡¿Todo lo tengo que hacer yo?! —Ahora vienen los reproches, el creerse imprescindible y su necesidad enfermiza de aumentar su ya inflado ego— Mientras que por fin alguien hace bien su trabajo—. Lanza una mirada asesina a la pobre maquilladora—. Nosotros intentaremos adelantar algo de trabajo. ¡Rosa!

—¿Sí? —se acerca sin temor, ella sabe mejor que nadie como es Rania y durante los dos años que lleva trabajando para ella, ha aprendido a ignorar sus ataques, sus insultos y su mala educación.

—Colócate en la posición de Malena, así podré ir colocando los focos para cuando esté lista.

Rosa obedece y cuando me quiero dar cuenta la tengo sentada sobre mí. Trago saliva con fuerza. ¿Qué me pasa?, no lo entiendo. Nunca tengo problemas con ningún trabajo. Cuando estoy en una sesión la modelo que interactúa conmigo es simplemente mi compañera y jamás la miro como una posible conquista, pero con Rosa… Una parte de mí crece sin yo poder remediarlo, y sé que ella se está dando cuenta, me mira y me sonríe traviesa.

—Bésale —suelta Rania de golpe y porrazo. La sangre me baja a los pies. Creo que debo estar pálido y tembloroso.

—¿Cómo? —pregunta Rosa.

— ¡Qué le beses!

—De eso nada, no me pagas lo suficiente para hacer eso. —Se levanta enfadada y se encara con Rania.

¿Cómo?, ¿qué narices…? Me siento ofendido. Pero, ¿por qué me importa que no me quiera besar?

—Oye guapa —le digo enfadado—, cualquier mujer estaría dispuesta a besarme.

—Pues yo no.

¿Pero que se ha creído?, soy un modelo deseado y codiciado y ella es… solo es… Me siento mal y me dejo caer de nuevo sobre el sofá.

No entiendo que me está pasando. Conozco a Rosa desde hace tiempo y aunque me siento muy bien estando a su lado, nunca me había parado a pensar que dentro de mí estaban surgiendo estos sentimientos. No, no y no, me niego a pensar que siento por Rosa la palabra que empieza por “A”

Como soy un profesional, terminamos la sesión sin incidentes, pero procuro no mirar a Rosa y ella procura hacer lo mismo conmigo. Nos despedimos un poco fríos y distantes.

Me voy a casa sintiéndome mal. ¿Por qué no ha querido besarme? Y lo que me intriga aún más; ¿por qué me importa tanto? Intento no darle más vueltas, ya no tendré que verla durante mucho tiempo, así que todo superado.

Esa noche me preparo algo de cena, estoy agotado, después de la sesión de fotos me he ido al gimnasio y me he dado una auténtica paliza.

Pongo la tele y hago zapping por las cadenas buscando alguna chorrada que me evada un poco.

Llaman a la puerta y me levanto extrañado, ya es muy tarde. Cuando abro me quedo con la boca abierta, es ella, Rosa…

—Hola pimpollo.

—Hola…

—¿No me dejas pasar?

—Oh… sí claro…, pasa.

Es la primera vez que al ver a una mujer me quedo como un auténtico imbécil, con la boca abierta y el corazón latiendo tan rápido que creo que si me descuido, se saldrá de mi pecho.

—Estoy agotada. —Se sienta en mi sofá y me mira. —¿Piensas quedarte ahí parado?

Me doy cuenta que estoy delante de la puerta como un pasmarote. Cierro la puerta y la boca mientras me regaño e insulto.

—Vengo a traerte las fotos. Rania quiere que les eches un vistazo.

—Podías habérmelas mandado por correo electrónico.

—Sí, claro, pero ya sabes como es Rania. Así me gano el sueldo que me paga. Me ha tenido toda la tarde revelando las fotos y luego me ha mandado hasta tu casa, con mi pobre y cochambroso coche, cuyo aire acondicionado no funciona.

—No entiendo como la aguantas.

—Que remedio, paga mis facturas. Toma. —Me tiende un sobre y yo lo cojo.

Me siento en el sofá y saco las fotos. Las paso una por una.

—Están muy bien, ¿no crees?

—Sí, son bonitas.

Tú si que eres bonita, pienso mientras me quedo hechizado mirando su boca. Me encantaría probar sus labios y como si los saborease, me relamo con gusto. Me acerco con lentitud para intentar besarla. Poso mis labios sobre los de ella con mucha suavidad, pero ella se separa y me mira sorprendida.

—Pero Arturo, ¿se puede saber que narices te pasa? —Se levanta como enfadada y yo me siento morir.

—Perdona… yo…

—¿Por qué lo has hecho? —Parece desesperada y me mira con rabia. —Teníamos una amistad tan bonita.

—¿Teníamos? —Entro en pánico, eso ¿qué quiere decir?, ¿ya no somos amigos?, ¿no nos veremos nunca más?

—Sí, teníamos.

—Lo siento —Intento coger su mano, pero ella me rechaza.

—Yo no soy como una de esas chicas con las que te acuestas.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué no has podido dejar las cosas como estaban?, ¿por qué has tenido que intentar besarme?

—Yo… —No sé qué decir, y bajo la mirada avergonzado.

—Creo que será mejor que me marche.

—Sí, claro.

Sale atropelladamente y yo me quedo sentado en el sofá sin poder reaccionar. Es la primera vez que me rechazan y siento una extraña sensación de malestar.

Joder, joder, seré idiota.

Pasan los meses y no vuelvo a verla, pero siempre está en mi mente. La recuerdo a todas horas, y sorprendentemente, aunque intento acostarme con otras chicas, no soy capaz, no puedo. Llevo en sequía cinco largos meses y lo peor de todo es que no me apetece, no tengo ganas.

La palabra que empieza por “A” se cuela dentro de mí, me resisto, intento superarlo, olvidar y continuar con mi vida, pero no puedo.

 

En estos meses hemos grabado el anuncio en Cocoa, una preciosa isla que forma parte de las Islas Maldivas. Durante mi estancia en ese lugar paradisíaco intenté olvidarla, pero todo me recordaba a ella; el mar azul como sus ojos, las gentes amables y cariñosas como ella. Me imaginaba caminando por esas playas de arena blanca cogidos de la mano. Yo que huía como si fuese la peste de las relaciones de pareja, ahora las miro con envidia.

Era la noche del 22 de diciembre y yo me estaba poniendo mi traje de Armani para la fiesta de presentación de la campaña de Désir  que tendría lugar en el Hotel Ritz. Allí estarían todos los que habíamos trabajado para la casa de perfumes y por fin el anuncio definitivo vería la luz. Lo más gracioso era que yo no estaba nervioso por ver el trabajo con el que conseguiría subir a lo más alto de mi profesión, si no por verla a ella. Sabía que estaría allí esa noche, mis manos sudaban tan solo de imaginar tocarla, mi corazón latía con fuerza y notaba que me faltaba el aire.

Salí a la calle casi a la carrera. Hacía mucho frío, la nieve que había caído durante toda la mañana se acumulaba fuera de la acera. Subí el cuello de mi abrigo de paño y me coloqué los guantes de piel. El tráfico, que en esa zona siempre es denso, se había complicado mucho más. Un montón de madrileños andaban atareados con las compras navideñas de última hora y atestaban los centros comerciales.

Cuando llegué al hotel muchos de los invitados ya habían llegado, y seguramente, Eduardo, estaría muy enfadado. Llegaba con una hora de retraso y no había parado de llamarme al móvil. Nada más verle, mi suposición se convirtió en certeza, me lanzó una de esas miradas que dicen: “TE MATO”

—¿Qué pasa contigo?, ¿por qué no has contestado ni una sola de mis llamadas? Llegas muy tarde.

—Lo sé… lo sé y lo lamento mucho. El tráfico…

—Corre, el francés nos está esperando.

“El francés” es Adrien Signoret, el dueño de la empresa y el principal responsable de que yo sea el protagonista de la campaña publicitaria.

Después de dejar el abrigo, entramos en el salón, donde se va a producir la presentación de Désir Miro alrededor, sé perfectamente a quién estoy buscando con desesperación, pero Eduardo tira de mí y me lleva ante Adrien. Nos saludamos efusivamente, es un hombre muy campechano, más que un jefe parece un colega, un amigo de esos de toda la vida. Charlamos animadamente y de pronto siento como un escalofrío recorre mi espalda, necesito volverme y mirar que es lo que me está produciendo esa extraña sensación de placer y bienestar. Giro y allí está ella, parada, mirándome con una radiante sonrisa en los labios. Lleva un hermoso vestido rojo de fiesta, largo y de tirantes, se ajusta a la perfección a su cuerpo. Un suspiro sale de mi boca y de nuevo mi corazón galopa veloz.

Me acerco despacio, sin dejar de mirarla. Cuando llego a su lado hago algo quizás un tanto insensato, pero lo necesito; me abrazo a su cuerpo como si fuese un salvavidas. Deseo que ella corresponda, si no lo hace creo que moriré. Me sorprende gratamente y envuelve sus brazos alrededor de mi cintura. Cierro los ojos y disfruto del momento. No sé con certeza cuanto tiempo permanecemos abrazados, pero no me importa nada las miradas que todo el mundo nos lanza, tan solo disfruto de su aroma y de su cuerpo. Ella es quién rompe el contacto, se separa y me mira sonriente.

—Hola pimpollo. ¿Cómo estás? Te he echado tanto de menos.

A partir de ese momento todo cambia, todo es diferente, la palabra que empieza por “A” se cuela en mi cabeza y deseo decirla en voz alta.

Charlamos durante un buen rato, pero Eduardo viene a por mí. Mi jefe me reclama y con gran pesar, me separo de ella.

Hablo con mucha gente, pero mi mirada siempre la busca. En un momento dado, veo como Rosa sale por la puerta del salón. No, no, no. No puede irse. Corro desesperado y casi me llevo por delante a una gran mujer que me lanza una mirada de odio.

Salgo a la calle y la busco con desesperación, ha comenzado a nevar de nuevo y hace mucho frío, pero a mí no me importa, tan solo deseo encontrarla.

Se está subiendo en un taxi y sin pensarlo dos veces me acerco y le agarro del brazo impidiéndole subir.

—Arturo, ¿qué haces aquí?

—No puedes irte, necesito hablar contigo.

—Tengo que marcharme.

—Yo te llevo.

—No puedes irte, es tu noche, tu momento, mucha gente está aquí por ti.

—Me importa una mierda. Si tú te vas, yo no quiero estar aquí.

Me cuesta convencerla, pero al final cede. Quiere que recoja mi abrigo, pero a mí me da igual y finalmente nos subimos a mi coche.

Vamos en total silencio, ella a la espera de que yo hable y yo sin poder hacerlo. Siento la garganta cerrada y mis labios no se pueden despegar. ¿Qué narices me pasa?, deseo decirle lo que siento, deseo gritar lo que pienso, pero no puedo… no puedo.

Llegamos a su casa, conozco bien el camino, pues he estado varias veces. Aparco y le miro a los ojos. Ella espera paciente, pero yo sigo sin decir nada.

—Gracias por traerme a casa.

Sonrío como un auténtico idiota.

—Bueno… Qué tengas una feliz Navidad —dice harta de esperar esas palabras que yo no soy capaz de pronunciar.

Me da unos minutos más y al ver que yo no reacciono, me besa en la mejilla, abre la puerta del coche, me dice un adiós con voz suave y se va.

Idiota, se marcha. Di algo, pero no lo hago. Me limito a observar como camina hasta su portal, abre la puerta y entra.

Doy un fuerte manotazo al volante y me insulto. Arranco el coche y salgo a toda velocidad.

¿A dónde voy?, no lo sé.

Soy un cobarde, un patético cobarde. ¿Qué narices estoy haciendo? Voy a gran velocidad y abro la ventanilla, necesito aire y el frío que entra me hace sentir vivo. ¡Regresa con ella!, me grito. Piso el freno y el coche que va detrás casi se choca, me da una fuerte pitada, pero me importa una mierda. Doy la vuelta y regreso a toda velocidad a casa de Rosa.

Estoy decidido, convencido, animado. Lo voy a hacer, voy a decirle lo que siento, sí… sí. Sonrío feliz y corro todo lo que puedo.

Llego y aparco. Entro en el portal con uno de los vecinos de Rosa. No tengo paciencia para esperar el ascensor, y subo las escaleras de dos en dos, de tres en tres.

Ya estoy frente a su puerta y toco el timbre con desesperación. Siento como ella mira por la mirilla y abre.

Me mira, tiene los ojos llorosos. ¿Ha estado llorando por mí? ¡Dios, soy un cerdo!, me siento culpable.

No espero más, me arriesgo y me lanzo a por su boca con desesperación, con ansia, con hambre. Chocamos contra la pared de la entrada y me recuesto contra su cuerpo sediento de ella, hambriento de ella. Mi lengua entra en tropel dentro de su boca y baila a un ritmo desesperado. La escucho gemir y me vuelvo loco. Se aferra a mí, la elevo del suelo y ella coloca sus piernas a mi alrededor. Cierro la puerta de una patada y sin dejar de besarla camino con ella hacia su habitación.

La dejo sobre la cama y me quito la chaqueta, tengo tantas ganas de sentir sus caricias, de notar su piel contra la mía que me arranco la ropa a toda velocidad, mientras ella hace lo mismo con la suya. Nuestras miradas están conectadas y nuestras respiraciones agitadas hacen que nuestros pechos se eleven.

Se coloca frente a mí y con suavidad posa su mano sobre mi estómago, recorre mis abdominales delineándolas una por una y yo cierro los ojos. Siento como sus caricias me queman, ardo y mis jadeos acompañan a los suyos.

 

—¿Por qué has tardado tanto? —me pregunta.

Abro los ojos intrigado. Ella continúa acariciando mi pecho, mi estómago, mis hombros…

—Pensé que nunca te decidirías. Estaba cansada de esperar.

Yo también estoy cansado de esperar y no pienso hacerlo más. Bajo mi boca a su pecho y tomo uno de sus pezones entre mis labios, lo saboreo, lo lamo mientras escucho como Rosa gime, sonrío encantado ante su reacción y decido que ya está bien de andarse con sutilezas. La tumbo en la cama, jadeo de placer al sentir el roce de su suave piel contra la mía y recorro sus piernas con mis manos abiertas. Toco el interior de sus muslos, mientras ella toma mi dura erección con una de sus manos y lo acaricia. Busco su sexo con impaciencia, y lo toco con destreza, introduzco un dedo, está mojada y preparada para mí, eso me hace sentir el hombre más feliz del mundo. Ya no resisto más, creo que me voy a correr, puedo sentir como mi pene palpita  y con un rápido movimiento me introduzco dentro de ella, sin más, porque ya no puedo esperar. Nos movemos juntos, acompasados, como si estuviésemos hechos el uno para el otro y encajásemos a la perfección como las piezas de un puzle. Nuestros gemidos componen una dulce melodía, el sonido de la pasión.

Me muevo cada vez más y más rápido, y siento como Rosa está llegando a su orgasmo, uno fuerte e intenso que le hace gritar. Eso es el detonante del mío, me derramo dentro de ella. Me siento pleno, dichoso, satisfecho.

No deseo salir de su interior, es tan confortable, pero ella necesita respirar y me tumbo a su lado.

Sonríe satisfecha, sus ojos están cerrados intentando grabar en su mente el momento vivido, sus mejillas sonrosadas y yo acaricio sus cabellos alborotados.

Siento un fuerte deseo de decirle la palabra que empieza con “A”, quiero gritarla al mundo, que todos lo sepan. Deseo salir al balcón y decirla tan fuerte que se enteren todos los vecinos. Voy a decirla, sí… sí.

—Te amo.

Es la primera vez en mi vida que la digo. Después de tantos años huyendo, de resistirme, de intentar no sentir, esta pequeña morena ha conseguido que yo, Arturo Sanz, me enamore como un auténtico idiota.

—Yo también te amo —me sonríe satisfecha.

¿Qué más puedo pedir?, ¿qué más puedo desear? Ella lo es todo para mí. Mi mundo, mi vida, mi destino, mi principio y mi final.

 

Todas las fotografías de este artículo… Photo credit: Foter.com / CC0


Kris L. Jordan, es una escritora de novela romántica de nuestra ciudad, con libros publicados en varias editoriales.

Sobre el autor

Kris L.Jordan

Kris L.Jordan es el seudónimo con el que esta autora de romántica firma sus libros. Torrejonera de adopción es una apasionada de la lectura romántica de cualquier género. .. Acapara libros y libros en las estanterías de su casa y no es capaz de irse a la cama sin leer... Un buen día se sentó ante el teclado del ordenador, las ideas comenzaron a surgir y así nacieron sus primeras historias que autopublica. Actualmente tiene seis novelas, algunas con editorial y ha participado en varios libros de antologías. Pero su aventura no termina aquí, porque la escritura se ha convertido en una parte muy importante de su vida.

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